Penetro en la médula de tu conciencia y en el tracto de tus sentimientos sin tocarte. Un óvulo sangrante asciende en el horizonte, tal es mi extraña lascivia. Esquino entre silencios palabras no dichas que tú ahora reclamas, muevo sombras de cobardía y entonces te impacientas porque eso es lo que quiero en la penumbra de la habitación de luna, una forma agnóstica ahora, ser dueño de un tiempo que sólo te pertenece a tí: atuso greñas, bebo a Don Henley, escucho hielo disgregarse en dedos de alcohol y me pides que te acaricie y aún te digo no: enardeces a la par que sonrío igual que si fuera un rito satánico donde sólo habrá ternura y supongo también amor. Cuando me interno plenamente en tu cuerpo, en lo alto una moneda dorada, eres una esponja húmeda y cálida que me alberga y retiene, llorosa. Sólo entonces, beodo de mí mismo, me pierdo en tí.
JA. Madrid.

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