domingo, 12 de febrero de 2012

En el ojo del Huracán. Capítulo 1: El Sheriff de Dantes Creek

Nada hacía presagiar que aquella noche sería diferente. Así, cuando John entró en la mugrienta taberna de Wachowski todo estaba en su sitio. La hermosa Eabha Farrel, lo más limpio de aquel lugar, secaba unos vasos mientras el viejo Wachowski maldecía a Stalman y sus secuaces, y amenazaba con saltar la barra y golpear con un taco a aquellos muchachos hasta abrirles la sién. No había noche tranquila cuando estaba Jake Stalman. Y nunca faltaba. Como pez en el agua, Stalman no podía vivir sin billares, y la taberna no sabía lo que era una noche sin él. Aquel lugar era su hogar. Al menos, pensaba John, allí recogidos el pueblo estaba a salvo de todos ellos por unas horas. A su cita nunca faltaban Nick Skelton y Lenny Warhol, inseparables de aquél. John no podía más que compadecerse del más joven de los tres, Warhol. Aquel muchacho no era mal chico pero no había tenido ninguna suerte. Su padre, Walt, había sido Sheriff del condado y por tanto, compañero y superior de John durante ocho años. Pero había más: Adelainne. Aquella mujer que lo cambió todo y que en un desafortunado azhar los dejó para siempre. Entonces, John sintió que lo perdía todo. Aún después de cuatro años, su recuerdo estaba vivo. Muy vivo. En su cabeza rondaban una y otra vez aquellas palabras, sonrisas y caricias, que un día lo fueron todo. A veces sentía que la cabeza le estallaba en un océano de recuerdos. Después de todo, él aún la amaba. Al igual que Walt; todos la amaban. Fueron unos tiempos difíciles para todos. Pero no todos fueron fuertes. Su pérdida trastornó seriamente a Walt. Había caído en la bebida y el joven Lenny, lejos de encontrar un padre en casa en el que apoyarse, encontró un fantasma incapaz de hacerse cargo del muchacho. Walt no sólo había perdido a su mujer, perdía también un hijo al que nunca supo criar, y poco tiempo después, su placa. John intentó hacerse cargo de la situación pero Lenny, encontró en Skelton el afecto que nunca supo darle un padre. Un tío duro, también huérfano, que haría de hermano para él. John aún recordaba la primera vez que los vió juntos, y lamentaba no haber podido hacer más por él. En cierto modo, pensaba, se lo debía a Adelainne, pero también a Walt. Dos meses después del fatídico accidente Walt seguía postrado en la cama, hundido en la tristeza y consumido por el alcohol. John acudía al Instituto para recoger a Lenny y acercarlo a casa, como de costumbre. Aquel día el descapotable rojo de Jake Stalman estaba en el parking. A John no le gustaba que Stalman apareciera por allí, porque ello suponía que Skelton no andaba muy lejos. No se equivocaba. Skelton hablaba con Lenny Warhol, mientras Stalman tonteaba con las muchachas. Hacía mucho que John no veía reír a Lenny. Sintió cierta alegría y, aunque aquellas compañías no le gustaban, John sentía que Lenny nunca quiso escucharle. En cierta medida, sentía que el muchacho le odiaba, como odiaba todo lo relacionado con su padre. John conocía muy bien a Skelton. Sin duda era el peor de los tres. Skelton apareció un día por Dantes Creek y aquella misma noche durmió entre rejas. Cuando John acudió a casa de Craig Morsen por una extraña denuncia descubrió a Nick Skelton en lo alto de un pino en el jardín de los Morsen. El que por entonces era sólo un joven vándalo que anunciaba con altercados su llegada al pueblo, había quedado atrapado entre las ramas al arrojarse desde el tejado de la casa. La joven Lara Morsen yacía en la ventana con una expresión de terror. Skelton había  entrado por la ventana de la cocina mientras los Morsen estaban fuera. Al verse sorprendido por la temprana vuelta de la familia se había escondido en la habitación de la niña, en la segunda planta. Cuando la pequeña Lara abrió el armario, Skelton estaba allí. Al llegar al lugar John tuvo que solicitar una ambulancia y una unidad de bomberos. Skelton había huído por la ventana y subido al tejado al ser descubierto. Cuando Craig Morsen asomó por la misma su escopeta, Skelton saltó. John aún reía al recordar la cara de pánico que tenía Skelton después de haber sido cosido a tiros por Craig Morsen mientras se sujetaba a las ramas. Afortunadamente para todos, Craig sólo trató de asustarle y Skelton ya se llevó demasido castigo aquella tarde.
John tomó sitio junto a Wachowski y trató de calmarle.
- ¿Qué sucede Wachowski? - Sonrió John, acostumbrado al malhumorado tabernero.
- Nada Sheriff, todo está en orden, ¿verdad viejo cascarrabias? - Exclamó Stalman burlándose de Wachowski.
- A tí no te he preguntado Stalman, así que cierra esa boca sino quieres que vaya allí y te pateé el culo - Le advirtió John.
- Ya sabes John, éstos muchachos son unos gamberros. Algún día les daré su merecido - Dijo el viejo enfurecido mientras los jóvenes reían como hienas.
- Quite ya esos billares Wachowski, sólo le traen problemas amigo - Contestó John tranquilamente, mientras Stalman y los suyos protestaban ante la idea de quedarse sin mesa de juego.
- ¡Ves jefe! ¿Cuántas veces se lo he dicho?. Buenas noches Sheriff, ¿qué va a ser? - Sonrió la hermosa Eabha Farrel, mientras retiraba de la barra al viejo Wachowski para que reposara.
Eabha era de gran ayuda para el anciano. A sus veintipocos, era de la edad de Stalman y Skelton y algo mayor que sus muchachos, pero había aprendido en el poco tiempo que llevaba trabajando de camarera a controlar a esos salvajes. Muy bella pero también muy dura, a Stalman nunca se le habría ocurrido meterle mano ni una sóla vez después de que Skelton lo intentara.
- Buenas noches Eabha. Lo de siempre. - Respondió John mientras se acomodaba.
- ¿Un día tranquilo Sheriff? -
- Eso parece. Todo está tranquilo menos aquí. -
- Por eso viene tanto por aquí, ¿verdad? - Preguntó Eabha y ambos rieron.
- Eso es. - Contestó, y volvió a repetirse para sus adentros - Eso es. - mientras se desvanecía la sonrisa de su rostro.
Lo cierto es que John necesitaba olvidar. Acudía a la Taberna de Wachowski después de cada jornada porque no había otro lugar en Dantes Creek donde ahogar las penas, y muy pocos, donde escapar al recuerdo de Adelainne.

lunes, 6 de febrero de 2012

¡Que Dios se apiade de mi alma!

Annabel Lee

Hace muchos, muchos años,
en un reino junto al mar,
vivía una doncella
cuyo nombre era Annabel Lee;
y vivía esta doncella sin otro pensamiento
que amarme y ser amada por mí.
Yo era un niño, una niña ella,
en ese reino junto al mar,
pero nos queríamos con un amor que era más que amor,
yo y mi Annabel Lee,
con un amor que los serafines del cielo
nos enviadiaban a ella y a mí.
Tal fue esa razón de que hace muchos años,
en ese reino junto al mar,
soplara de pronto un viento, helando
a mi hermosa Annabel Lee.
Sus deudos de alto linaje vinieron
y se la llevaron apartándola de mí,
para encerrarla en una tumba
en ese reino junto al mar.
Los ángeles, que no eran ni con mucho tan felices en el Cielo,
nos venían envidiando a ella y a mí...
Sí: tal fue la razón (como todos saben
en ese reino junto al mar)
de que soplara un viento nocturno
congelando y matando a mi Annabel Lee.
Pero nuestro amor era mucho más fuerte
que el amor de nuestros mayores,
de muchos que eran más sabios que nosotros,
y ni los ángeles arriba en el Cielo,
ni los demonios abajo en lo hondo del mar,
pudieron jamás separar mi alma
del alma de la hermosa Annabel Lee.
Pues la luna jamás brilla sin traerme sueños
de la bella Annabel Lee;
ni las estrellas se levantan sin que yo sienta los ojos luminosos
de la bella Annabel Lee.
Así, durante toda la marea de la noche, yazgo al lado
de mi adorada -mi querida- mi vida y mi prometida,
en su tumba junto al mar,
en su tumba que se eleva a las orillas del mar.

Último poema de Edgar Allan Poe a la memoria de Virginia


martes, 24 de enero de 2012

Invierto

Muero en la vertiente de un hemisferio desconocido, donde tú y yo jugamos a pasarnos una pelota sentados a los pies de unos sauces, y donde las cortinas son oscuras y tu voz suena detrás de ellas, lejana, y te recuerdo sentada junto a mí con la mirada triste y el alma perdida. Desapareciste de un sueño profundo donde aún sigo yo viviendo. Pero aún sigo empapado de tus gotas cristalinas que se van marchando de mí acariciando las paredes de mis sentidos. Invierto el momento en el que te marchaste como si fuera un vaso lleno de agua que al abocarlo se vacía.

Abro y cierro los ojos

Abro y cierro mis ojos. Un nuevo recuerdo...
Abrí la puerta y mis pies se inundaron de la luz que salía de su ventana. Allí estaba ella, sentada en la cama. Su habitación, que recuerdos. Cálida y acogedora. Uno creía escapar de su vida en aquel lugar. Allí cesaba la aguja de caminar en cualquier cuarto de cualquier reloj. Lejos de la realidad de cualquier otro rincón de su casa, aquella habitación era mágica, tan llena de sombras, secretos y momentos, perfumada de olores campestres, frescos y cautivadores, aromatizada con la fragancia de sus cabellos bañados en champú de rosas y de aquellos matices de incienso de vainilla en el aire. Era como un pequeño verso que salía bajo la rendija de la puerta para decirte 'Bienvenido', y retar por tus rodillas hasta el estómago despertando mariposas. Y amigo mío, nunca me arrebataron de las narices el viejo y dulce olor de antaño de los pomelos con tanta delicadeza como lo hicieron los mil y un olores de sus cabellos, tantos como tardes pude estar con ella.
Abro y cierro los ojos...
La puerta daba de frente con la ventana. A menudo recuerdo cuando miraba por el cerrojo y descubría su silueta bajo un manto de luz amarillento. Sabía que me cegaría si insistía demasiado en mi picardía, pero me gustaba verla agitar sus cabellos desplegando un abanico sobre su espalda desnuda. Que hermoso brotar de cabellos quemados a la llama de la ventana. También la observé durante tardes de invierno tendida en la cama esperándome. Con la persiana bajada y la habitación teñida de púrpura, con ciertas lentejuelas moradas esparcidas: virutas del paisaje que se escondía tras su persiana. Y cobraban vida con el agitar de las hojas tras su ventana. Algunas desaparecían para volver a aparecer, otras se quebraban y se alineaban mientras el resto desfilaba por su piel cebrada. Ningún instrumento desentonaba, ninguna nota más violenta que otra. Todo calma, calma todo. Agitar lejano de hojas, soplo sordo de viento, voces mansas y respirar profundo.
Perdonad, suelo divagar en esos momentos que precedían al instante de girar el picaporte.
Todas las tardes la visitaba al salir de la lonja. Sabía que me esperaba en su habitación. Al principio sonaba aquella maravillosa melodía al tocar el timbre. Tiempo después sus padres dejaban la puerta abierta al verme tras la ventana alejarme del bosque pedaleando una vieja bicicleta. Bonito tránsito, endulzado albergue.
- ''Buenas tardes señor y señora Handles'' - Saludaba apresuradamente.
- ''Hola Isaac; está en su habitación'' -
Y escuchaba aquella última sílaba de la señora Handles mientras pisaba el último peldaño de la escalera. Ahora que lo pienso, ¿acaso por ello me llamaba el señor Handles pequeño saltamontes? No obstante, hubo detalles que nunca cambiaron.
Abro y cierro los ojos...
Allí estaba de nuevo, preso de aquellos tres segundos inertes frente a la puerta cerrada. Por aquel entonces no era verdaderamente consciente que tras ella yacía el paraíso. Ahora lo sé. No era más que un crío.
Disfruté pasado el tiempo un lento paseo en barcaza por un río silencioso, colmado de cocoteros que caían como agotados y cheposos hacia el agua barrosa. De aquella maraña de ramas adornadas salía un carnaval de aves, que desde la nada ya se anunciaban con sus cantares, creando bonitas figuras vivientes a cada bandada. Aún puedo oler la lluvia. Soñar con las gotas que se precipitaban del cielo sobre mi frente, cerrando  suave y vagamente mis párpados. El goteo chapoteaba en el riachuelo, y su lírica se ocultaba tras la sinfonía de la embarcación rompiendo en mitades las aguas por las que paseaba. Los troncos de las palmeras tambaleaban y ello me recordaba aún más a ella; su hilera de pelos, su flequillo volando en aire colado, sus ojos atisbando feroces campiñas, estampidas de golondrinas en mi atravesar raudo entre álamos con la vieja bicicleta...Nunca antes tuve la ocasión de encontrarme con una representación tan idílica que se me antojase a su cuerpo estremecido bajo aquellas dos palabras que tanto le gustaba oír. Fue la sensación más cercana que he tenido jamás a la que me hipnotizaba frente a su puerta.
Al abrir la puerta, entre el umbral y la ventana estaba su cama. Apoyada en la pared derecha, bajo un bonito cuadro de una casa en un valle. Un lar donde entretenía mis pensamientos en la señorita pintada que me llamaba.
Estaba allí tendida, simulando para mí estar dormida. Le gustaba hacerlo. Así sabría si yo le cantaba, la acariciaba o la miraba; y pese a que nunca se atrevió a decírmelo, bien sabía que mis ojos la desnudaban. La secuestraba de su acinesia tal vez con una caricia, o con un soplido, más aún sabía que le gustaba un beso en el hombro, no siendo en el cuello. Con ello volvería a mí dejando a solas sus sueños, para cautivarme con su mirada y despeinarme con sus manos. Confieso que me alocaba hacerlo despacio. Mis labios anclaban cerca de su piel, y aunque no hubiese tacto, la tocaba. Y si dejaba clavados mis labios sobre su piel aterciopelada, como caídos de un precipicio, con fuerza, atrapándola contra el colchón,... una pequeña ola nacía desde sus pies para salir por su boca como un pequeño susurro que desvelaba mi nombre.
Abro y cierro los ojos...
Pero un día entré,... y no estaba. El Todo inundado por la niebla: cascada evaporada. Sus sábanas, color ámbar, arenoso salitre de primavera, húmedos tactos, la huella de su torso sella el oasis. Náyade de sus nichos, reinaba en mis latidos. Se fue.
Cierro los ojos... y muero en el intento de volver con ella en el recuerdo.

jueves, 5 de enero de 2012

Tu boca

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar. Hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos. Las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un sólo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

Julio Cortázar - Rayuela