Abro y cierro mis ojos. Un nuevo recuerdo...
Abrí la puerta y mis pies se inundaron de la luz que salía de su ventana. Allí estaba ella, sentada en la cama. Su habitación, que recuerdos. Cálida y acogedora. Uno creía escapar de su vida en aquel lugar. Allí cesaba la aguja de caminar en cualquier cuarto de cualquier reloj. Lejos de la realidad de cualquier otro rincón de su casa, aquella habitación era mágica, tan llena de sombras, secretos y momentos, perfumada de olores campestres, frescos y cautivadores, aromatizada con la fragancia de sus cabellos bañados en champú de rosas y de aquellos matices de incienso de vainilla en el aire. Era como un pequeño verso que salía bajo la rendija de la puerta para decirte 'Bienvenido', y retar por tus rodillas hasta el estómago despertando mariposas. Y amigo mío, nunca me arrebataron de las narices el viejo y dulce olor de antaño de los pomelos con tanta delicadeza como lo hicieron los mil y un olores de sus cabellos, tantos como tardes pude estar con ella.
Abro y cierro los ojos...
La puerta daba de frente con la ventana. A menudo recuerdo cuando miraba por el cerrojo y descubría su silueta bajo un manto de luz amarillento. Sabía que me cegaría si insistía demasiado en mi picardía, pero me gustaba verla agitar sus cabellos desplegando un abanico sobre su espalda desnuda. Que hermoso brotar de cabellos quemados a la llama de la ventana. También la observé durante tardes de invierno tendida en la cama esperándome. Con la persiana bajada y la habitación teñida de púrpura, con ciertas lentejuelas moradas esparcidas: virutas del paisaje que se escondía tras su persiana. Y cobraban vida con el agitar de las hojas tras su ventana. Algunas desaparecían para volver a aparecer, otras se quebraban y se alineaban mientras el resto desfilaba por su piel cebrada. Ningún instrumento desentonaba, ninguna nota más violenta que otra. Todo calma, calma todo. Agitar lejano de hojas, soplo sordo de viento, voces mansas y respirar profundo.
Perdonad, suelo divagar en esos momentos que precedían al instante de girar el picaporte.
Todas las tardes la visitaba al salir de la lonja. Sabía que me esperaba en su habitación. Al principio sonaba aquella maravillosa melodía al tocar el timbre. Tiempo después sus padres dejaban la puerta abierta al verme tras la ventana alejarme del bosque pedaleando una vieja bicicleta. Bonito tránsito, endulzado albergue.
- ''Buenas tardes señor y señora Handles'' - Saludaba apresuradamente.
- ''Hola Isaac; está en su habitación'' -
Y escuchaba aquella última sílaba de la señora Handles mientras pisaba el último peldaño de la escalera. Ahora que lo pienso, ¿acaso por ello me llamaba el señor Handles pequeño saltamontes? No obstante, hubo detalles que nunca cambiaron.
Abro y cierro los ojos...
Allí estaba de nuevo, preso de aquellos tres segundos inertes frente a la puerta cerrada. Por aquel entonces no era verdaderamente consciente que tras ella yacía el paraíso. Ahora lo sé. No era más que un crío.
Disfruté pasado el tiempo un lento paseo en barcaza por un río silencioso, colmado de cocoteros que caían como agotados y cheposos hacia el agua barrosa. De aquella maraña de ramas adornadas salía un carnaval de aves, que desde la nada ya se anunciaban con sus cantares, creando bonitas figuras vivientes a cada bandada. Aún puedo oler la lluvia. Soñar con las gotas que se precipitaban del cielo sobre mi frente, cerrando suave y vagamente mis párpados. El goteo chapoteaba en el riachuelo, y su lírica se ocultaba tras la sinfonía de la embarcación rompiendo en mitades las aguas por las que paseaba. Los troncos de las palmeras tambaleaban y ello me recordaba aún más a ella; su hilera de pelos, su flequillo volando en aire colado, sus ojos atisbando feroces campiñas, estampidas de golondrinas en mi atravesar raudo entre álamos con la vieja bicicleta...Nunca antes tuve la ocasión de encontrarme con una representación tan idílica que se me antojase a su cuerpo estremecido bajo aquellas dos palabras que tanto le gustaba oír. Fue la sensación más cercana que he tenido jamás a la que me hipnotizaba frente a su puerta.
Al abrir la puerta, entre el umbral y la ventana estaba su cama. Apoyada en la pared derecha, bajo un bonito cuadro de una casa en un valle. Un lar donde entretenía mis pensamientos en la señorita pintada que me llamaba.
Estaba allí tendida, simulando para mí estar dormida. Le gustaba hacerlo. Así sabría si yo le cantaba, la acariciaba o la miraba; y pese a que nunca se atrevió a decírmelo, bien sabía que mis ojos la desnudaban. La secuestraba de su acinesia tal vez con una caricia, o con un soplido, más aún sabía que le gustaba un beso en el hombro, no siendo en el cuello. Con ello volvería a mí dejando a solas sus sueños, para cautivarme con su mirada y despeinarme con sus manos. Confieso que me alocaba hacerlo despacio. Mis labios anclaban cerca de su piel, y aunque no hubiese tacto, la tocaba. Y si dejaba clavados mis labios sobre su piel aterciopelada, como caídos de un precipicio, con fuerza, atrapándola contra el colchón,... una pequeña ola nacía desde sus pies para salir por su boca como un pequeño susurro que desvelaba mi nombre.
Abro y cierro los ojos...
Pero un día entré,... y no estaba. El Todo inundado por la niebla: cascada evaporada. Sus sábanas, color ámbar, arenoso salitre de primavera, húmedos tactos, la huella de su torso sella el oasis. Náyade de sus nichos, reinaba en mis latidos. Se fue.
Cierro los ojos... y muero en el intento de volver con ella en el recuerdo.