domingo, 25 de diciembre de 2011

El canto de la orca

Tiento y comienza el adagio. Agito mis muñecas y despierto su afrodisia. Su corazón zumba como un avispero. Y su voz rígida... brota y salpica salida de su agujero. Siluetas sombrías adueñan mi vista,... y afasia hipnotiza a la masa. Otros se giran y miran. Vienen. Al canto de la ballena todos se acercan. El todo es a ella una afonía que obedece a sus decibelios, donde danzan mis dedos y se estremecen. En su ácueo rugido sísmico las masas fallecen; siempre fallecen. Ahogadas, porque derramado sobre la masa, inunda sus pies, sus rodillas, y vertido el sonido puro expulsa el oxígeno de todo espacio y se apodera de él; despacio. Muy despacio. Sólo entonces, rítmico es el trote de su alma. Se ensanchan las venas... corre la sangre, hirviendo en una cascada, goteando... exprimiendo en su atroz delirio la esponja mojada en la que se convierten los sesos. Su acústico canto vibra acelerado y la cilíndrica espiral en la que se transforma su fuerza asfixia y aplasta, dejando en añicos todos los huesos. Y si al caer al suelo botan, asciende una humareda de polvos óseos donde en una volátil almohada de nieblas descansan mis versos. Entonces se escucha el eco de una locura conquistada. Y vértigo. El sonido lanza mi voz insulta al vacío, hacia la masa, y grita: ¡Libertad! Les encanta; la insensata provocación de mi voz los delata...
Cada uno de ellos pierde de sí para ser uno, una masa calada por una lluvia acústica, para sombras desnudas, desprovistas de la identidad individual respetada que odiaban, y que ningún bien les hace siendo esclavos de su propia imagen.
Pestañea un foco... y en su abrir inmediato lo veo absorto; al público, abrasado en una centelleante luciérnaga de mecheros. Arde la marea.
El sonido se abre paso, en abras. Brazos de relámpago, hiedra adusta alza la ballena, adiposa y pesada, aliento de mi guitarra! Y libre, nada sobre la llamada, sobre la masa aletargada de animales acéfalos que aplauden mi llegada. Porque mi arma gruñe, ruge y grita, agrieta asfaltos, dispara metrallas... me desbanca, y atiendo al abismo de su regreso. Oh, y es que musa de las mudas ella no habla; arrasa en su vuelo. Levanta mi voz, sin miedo, de día, en tarde o noche, sin esperar que moleste... molestando.
Gime la orca. Para una noche de brisa salada, de juegos de luces, de sensación de inmortalidad. Una noche que jamás se olvidará. La noche de mi guitarra, del canto de la ballena, de la salvaje y sombría orca instintiva y creativa, de la llamada que os habita hasta el acabóse siendo agradablemente delictiva, libertina... anárquica. Para esta noche... en la que todos vosotros sois mi garganta, y yo... la vuestra.
ssssssssss... Magia sólo hay una

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